A veces, Toño me pregunta por qué me levanto a las cuatro de la madrugada. Digo que por disciplina. A esa hora, mientras la casa está en silencio, aprovecho para escribir. Me preparo un té de limón, calentito, y me cubro con una cobija, para evitar el frío que a esa hora se regodea como gato en la sala.

En realidad, la costumbre viene de tiempo atrás. Cuando estudiaba la preparatoria ponía el despertador para que tocara a las cuatro. Mi cuarto tenía dos puertas, una daba a la calle y la otra daba al corredor. La puerta del corredor tenía dos ventanucos que dejaban pasar la luz de la mañana y de la tarde. En la noche, yo cerraba los postigos. De esta manera, el cuarto quedaba casi en total oscuridad.

¿Por qué despertaba a las cuatro? ¿Por qué luego el despertador sonaba a las cuatro y media, a las cinco, cinco y media, a las seis? En cuanto el despertador sonaba yo prendía una lámpara de mano y ajustaba el reloj para que sonara a las cuatro y media y así sucesivamente cada media hora hasta que daban las seis y ya me levantaba para bañarme, tomar un licuado y salir con rumbo a la escuela, que en ese tiempo estaba en el edificio que ahora ocupa la casa de la cultura. La casa de mis papás estaba a media cuadra de la primaria Fray Matías de Córdova; es decir, a escasas seis cuadras del parque central, por lo que el trayecto lo hacía a pie, cargando debajo del brazo dos libros y una o dos libretas. Como en la escuela obligaban a usar una libreta de esas que ahora les llaman profesional, yo llevaba una de esas, pero llevaba otra (una Scribe, de pasta dura, forma francesa, sin raya), que siempre me ha gustado para llevar a todos lados, para escribir o para dibujar.

Despertaba a las cuatro para ¡oír la radio! Escuchaba la radio de cuatro a seis. Escuchaba Radio Nederland, desde los Países Bajos. Tenía un radio de onda corta que permitía sintonizar esa estación que me acercaba a territorios lejanísimos. Era fascinante saber que en el pequeño pueblo, trepado como cabra, yo escuchaba personas hablando español en un país que hablaba ¡vaya usted a saber qué idioma! Escuchaba un jingle que decía: “Radio Nederland, la radio que nos acerca” y yo creía fielmente lo que ahí se decía: Me acercaba.

Pero lo más cercano que se tiene es lo que está a la vuelta de la esquina. En la mayoría de radios de Comitán se escuchaba la XEUI, que fue la primera radio comercial que tuvo este pueblo.

En las viejas sastrerías, arriba de los mostradores de madera, siempre había un radio que sintonizaba la XEW, de la Ciudad de México.

Esto hacía la diferencia, tanto en gustos musicales, como en intereses de opinión. En Comitán la radio comercial carecía de la participación de la intelectualidad reflexionando acerca de los asuntos públicos. La excepción era el padre Carlos que, ovejero siempre pendiente de su rebaño, tenía un programa que se llamó “La hora de la paz”, donde (orador privilegiado) diseccionaba la palabra divina y recomendaba el buen camino. Recuerdo con emoción una serie de programas que dedicó a contraatacar las ideas irreverentes del caricaturista Rius, plasmadas en su libro “Cristo de carne y hueso”. Pero, aparte del padre Carlos, no había más análisis, más reflexión. En la XEUI de aquel tiempo laboraban grandes pensadores comitecos (menciono sólo dos o tres: Jorge Gordillo Mandujano, José Luis Cancino, Roberto Gordillo), pero su trabajo se limitaba a conducir programas musicales o a diseñar la barra programática.

Yo, de cuatro a seis de la mañana (con cierta interferencia maravillosa, que era la constancia que la señal atravesaba el mar y rebotaba en las laderas de las montañas o en la panza del nuberío sobre el Atlántico), tenía acceso a análisis internacionales. Esto (pensaba) hacía la diferencia, tanto en mi pensamiento como en mi gusto musical.

No sé qué clase de música escuchaba, pero oía algo diferente al corrido mexicano; es decir, mi espectro musical se ampliaba, al lado de los gorjeos de la paisana Irma Serrano, Los Panchos, Pedro Infante, Pedro Vargas y demás Pedros y Panchos mexicanos, escuchaba música culta, difícil de escuchar en la XEUI. Desde mi cama, con mi oreja junto al radio de baterías, debajo de dos cobijas compradas en la frontera con Guatemala, asistía (sin ponerme traje de etiqueta) a una sala de concierto en Holanda, país del que tenía la referencia de quesos que, según yo, se parecían mucho a los quesos bola de Ocosingo.

Mientras la mayoría de comitecos dormía, yo, con volumen bajo, en la oscuridad de mi cuarto, que daba al corredor y a la calle, escuchaba música y charlas culturales con la intelectualidad europea.

Lo del completo silencio se quebró una madrugada, porque en la calle apareció un sonido que, de inmediato, me hizo imaginar la presencia del mítico personaje llamado El Sombrerón.

 

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Nació en 1957, en Comitán, Chiapas. Hijo de Augusto Molinari Bermúdez y de Hilda Torres Córdova. Estudió la Licenciatura en Lengua y Literatura Hispanoamericana, en la Universidad Autónoma de Chiapas.Premio Estatal de Cuento Ulises Mandujano “Che Garufas”. Mención Honorífica del Premio Sureste de Poesía “José Gorostiza” y del Premio Estatal de Poesía “Enoch Cancino Casahonda”. Diplomado en Acción y Desarrollo Cultural, por el Museo de San Carlos, de la ciudad de México. Es autor de diversos libros de cuentos y novelas breves, entre ellas: Dios también resuelve crucigramas; Yo también me llamo Vincent; Historia triste de un cuentahistorias y La tarde que conocí el cine. Escribe la columna periodística Arenilla. Actualmente es director de Difusión y Extensión Universitaria de la Universidad Mariano Nicolás Ruiz Suasnávar.

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