Querida Mariana: Hubo un niño guatemalteco que, en lugar de ser pastor, regidor, actor o pepenador, decidió ser un rimador ¡con calzador!

Y anduvo por todas las calles de la capital de Guatemala, con un letrero, anunciando: “Para primas, ¡se hacen rimas!, y para hermanas, también ¡rimas galanas!”

El maestro de retórica decía que Ricardito no tenía vocación de rimador. Elena, quien era una maestra golosa, reía y decía que más que rimador, el niño parecía arrimador, porque era un arrimadito.

¿Por qué el maestro decía que el niño no tenía el don? Porque en clase, siempre era el niño que daba la rima menos luminosa. Cuando el maestro pedía que los niños dijeran una palabra que rimara con cielo, Juanita levantaba la mano, decía: “Violonchelo” y, mientras entrecerraba los ojos, movía su mano derecha como si tuviese el arco del instrumento; Martín se ponía de pie y, muy formal, decía: “Mozuelo”, en el momento que, orgulloso, se señalaba con ambas manos; Esperanza, abanicándose con su cuaderno, decía: “Caramelo” y levantaba los dedos índice y pulgar, se los llevaba a la boca y los chupaba como si disfrutara un dulce de miel. Entonces, Ricardito, pasaba al frente y, como si fuese Pablo Neruda, se ponía una mano sobre el pecho y decía: “¡Alfombra!”. ¡No, no, no!, gritaba el maestro, mientras golpeaba el escritorio con la regla de madera. “Alfombra no rima con cielo”. Pero, el niño, decía: “Cielo rima con alfombra, porque la alfombra está en el suelo” y caminaba con rumbo a su pupitre, como si fuese el poeta más sagaz.

El dicho de la maestra Elena llegó a oídos del niño Ricardo la tarde que aventó al basurero el letrero, lero, lero. En ese momento (momento ingrato para el buen gusto), Ricardito dijo que ¡eso era! Sería arrimador y no rimador. ¡Claro!

De esta manera, al día siguiente, el niño caminó por todas las calles, luciendo un letrero, con fondo blanco y letras negras, que decía: “Le quito lo virgencita, en la primera cita”.

Perdón, Mariana, sé que esta Arenilla está resultando tediosa, odiosa, gaseosa, con horma de osa. Perdón.

Debe ser porque la rima cuando no es sublima ¡da grima!

El niño Ricardito jamás lo entendió y, contra todos los pronósticos, decidió escribir canciones que “arrimaran”, porque concluyó que su sino era ser un arrimadito de la poesía. ¡Y lo logró! Ahora, millones de personas en Latinoamérica cantan sus rimas arrimadas, un poco como si dijéramos que cantan un ritmo arrítmico.

Ricardito no sólo reprobó la materia de Rimas, sino que también se quedó a mitad de la clase de Símil 1, por eso, cuando tuvo necesidad de comparar la tontería escribió: “Más tonto que un disparo” y cuando necesitó comparar la debilidad escribió: “Más débil que la anemia”. Romeo dice que Ricardito padece tontería anémica y dispara pura debilidad. Romeo dice que los estudiosos del lenguaje deben levantar una estatua al insigne cantautor chapín, pues ha demostrado que la palabra (luminosa por esencia) también es capaz de parir engendros.

Lo que los simples mortales llamamos prostíbulo, el buen Ricardito lo nombra como “Abarrotería del amor” y uno imagina a las putas trepadas en estantes, al lado de jabones y latas de salchichas (sin albur). En esa “abarrotería”, el arrimador dice que podemos encontrar: “… medio kilo de amor (…) y un litro de sudor”. ¡Qué rima tan arrimada!

Lo que el maestro de retórica advirtió ahora, millones de melómanos aplauden: Las rimas del tal Ricardito eran las menos luminosas, las más babosas, las menos gozosas, las más fastidiosas, las roñosas.

Hubo un niño guatemalteco que quiso ser rimador con calzador. ¡Y lo logró! Y ahora millones lo adoran, y, como si fuese San Ponciano o San Herculano, ante él oran, rascándose el…

Posdata: Como no sé rimar, plagio letras de Ricardito y me despido con estos tres versos de su autoría: “Vine desde mi galaxia a investigar este mundo. / Lo encontré detrás de una esquina y me bastó un segundo / para saber que aquí flotan de la mano, lo trivial y lo profundo”.

¡Dios mío! ¡Qué profundo! ¡Me hundo!

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Nació en 1957, en Comitán, Chiapas. Hijo de Augusto Molinari Bermúdez y de Hilda Torres Córdova. Estudió la Licenciatura en Lengua y Literatura Hispanoamericana, en la Universidad Autónoma de Chiapas.Premio Estatal de Cuento Ulises Mandujano “Che Garufas”. Mención Honorífica del Premio Sureste de Poesía “José Gorostiza” y del Premio Estatal de Poesía “Enoch Cancino Casahonda”. Diplomado en Acción y Desarrollo Cultural, por el Museo de San Carlos, de la ciudad de México. Es autor de diversos libros de cuentos y novelas breves, entre ellas: Dios también resuelve crucigramas; Yo también me llamo Vincent; Historia triste de un cuentahistorias y La tarde que conocí el cine. Escribe la columna periodística Arenilla. Actualmente es director de Difusión y Extensión Universitaria de la Universidad Mariano Nicolás Ruiz Suasnávar.

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