Era cumpleaños de X. El salón, al aire libre, estaba lleno de mesas y de conocidos. Los meseros, casi al ritmo de la música en marimba, iban de un lado para otro llevando vasos con güisqui y platones llenos de chicharrón de hebra, tostadas y frijoles molidos con chile de Simojovel. En el sector de mesa donde yo estaba sentado, R preguntó: “¿Y con qué palabra definirían ustedes a la felicidad?”. Z, con cara de no-se-la-acaban, dijo: “Ah, pues con la propia palabra felicidad”. Mientras los demás buscábamos alguna palabra que definiera a la felicidad (los demás éramos cuatro o cinco que formábamos el grupito), B dijo: “Ni le busquen. ¡Rico!, rico es la palabra”.

Y dijo que la palabra rico era la que la había hecho feliz toda su vida. Y contó. Contó que siendo niña, en casa de su abuela, al sentarse a la mesa para recibir el plato con gelatina de leche, sabor nuez, ella tomaba un pedazo con la cuchara, se lo llevaba a la boca y, mientras la gelatina se derretía en su boca, miraba a su prima, sentada frente a ella, hacer lo mismo, cerrar los ojos y decir: ¡Hmm, qué rico! Ella, B, dijo que eso la hacía feliz. Era tan lindo ver la cara de su prima, sublimada. La gelatina, que era deliciosa, no la hacía tan feliz como el escuchar esas palabras en labios de su prima.

Mientras los de más allá, levantaban los vasos, brindaban y reían a carcajada limpia, con las anécdotas que contaban, nuestro grupo casi dejó de respirar, pendiente de lo que B contaba.

Dijo que, una vez, en el cine, un noviecito se le acercó a su cuello y, con voz temblorosa, dijo: “Hueles muy rico”, y ella sintió sabroso el aliento de él cerca de su oído. El noviecito no dijo más, se quedó así, como estatua, oliéndola, aspirando su aroma. Ella se dejó oler, como si él fuese un lobo y ella no debiera moverse para no alterar su ánimo.

La palabra rico ha estado presente en los instantes más emotivos de mi vida, en los que recuerdo como más felices, dijo, mientras C rechazaba la invitación a bailar que le había hecho un señor que se había parado a su lado. C rechazó la invitación de manera atenta, pero puntual. No quería perderse la narración de B.

Otra vez, ya mayor, mientras veía una película en un cine enorme, acompañada de L, B sintió una mirada penetrante, en medio de la penumbra, dejó de ver la pantalla y volvió la mirada al lado contrario de donde estaba sentada L y vio que una mujer, abrazada a quien B dedujo era su novio o su amante, la miraba fijamente a ella, con ojos de búho, mientras decía, con voz sensual, casi para que, en lugar de que él la escuchara, la escuchara ella: “¡Qué rica la tienes!”. B sintió que su cara se ponía roja y si no se perturbó fue porque en medio de esa opacidad, nadie la miraba, salvo esa mujer. B, de inmediato, volvió a ver la pantalla, pero ya no pudo concentrarse en la película. B deseaba, en lugar de ver la pantalla, mirar hacia donde la mujer acariciaba a su hombre.

B dijo que la palabra rico siempre brincaba cuando algún sabor o algo táctil eran agradables y producían sensaciones cercanas a la felicidad. Eran instantes apenas, porque la felicidad son apenas destellos. Pero también la mirada recibía esas sensaciones. Contó que en un viaje a Italia, sentada en una plaza de Florencia, tomando un té, en un café al aire libre, en compañía de M, ésta le dijo: “Mirá” y señaló, con sus ojos, a una joven que, caminaba por el andador y se dirigía hacia donde ellas estaban. La chica era bella, con una cabellera que flotaba en el aire y vestía un suéter ajustado. M completó: “¡Qué ricas cositas!”. Se refería a los pechos de la chica italiana que, como si fuesen cabritos saltaban entusiasmados, casi dichosos, mientras la chica caminaba como venadito.

B tomó un pedazo de butifarra y se lo llevó a la boca, no lo comió, se quedó así, con el pedazo entre sus labios, apenas tocando su lengua. Dijo: “¡Rico!” y nosotros, todos, nos reacomodamos en las sillas, unos tomaron el vaso con güisqui y otras hicieron lo mismo que B, tomaron un pedazo de butifarra, pero lo comieron. Algo como una chispa nerviosa brincó sobre la mesa.

“¿Qué dicen?”, preguntó ya casi al final. Nadie dijo algo. Hace apenas dos días, dijo B, volvió a sucederme. Estaba dando mi clase y les leía a mis alumnos de la universidad el cuento “El rastro de tu sangre en la nieve”, de García Márquez, y cuando leí la parte que dice: “…Billy Sánchez cumplió entonces con su rito pueril: se bajó el calzoncillo de leopardo y le mostró su respetable animal erguido…”, una alumna, quien tiene unos ojos bellos y un cuerpo de diosa, dijo en voz alta: “¡Qué rico!”. Todos sus compañeros rieron, pero ella no reía, ella tenía los ojos cerrados y pasaba su lengua por el labio superior. Supe que estaba en un momento sublime y con esas palabras había definido la felicidad del instante que vivía.

“¿Tienen una mejor palabra para definir la felicidad?”, dijo. Cuando lo dijo fue como si pinchara la burbuja en la que nos había metido. Volvimos a escuchar la marimba, las carcajadas y vimos a varias parejas bailando sobre las tarimas colocadas a mitad del patio.

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Nació en 1957, en Comitán, Chiapas. Hijo de Augusto Molinari Bermúdez y de Hilda Torres Córdova. Estudió la Licenciatura en Lengua y Literatura Hispanoamericana, en la Universidad Autónoma de Chiapas.Premio Estatal de Cuento Ulises Mandujano “Che Garufas”. Mención Honorífica del Premio Sureste de Poesía “José Gorostiza” y del Premio Estatal de Poesía “Enoch Cancino Casahonda”. Diplomado en Acción y Desarrollo Cultural, por el Museo de San Carlos, de la ciudad de México. Es autor de diversos libros de cuentos y novelas breves, entre ellas: Dios también resuelve crucigramas; Yo también me llamo Vincent; Historia triste de un cuentahistorias y La tarde que conocí el cine. Escribe la columna periodística Arenilla. Actualmente es director de Difusión y Extensión Universitaria de la Universidad Mariano Nicolás Ruiz Suasnávar.

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